Abigail Bolaños.
Seguramente a lo largo de tu vida has convivido con mujeres que perpetúan el machismo de diferentes maneras. Algunas de ellas han sido mujeres que has querido mucho, pero otras han sido las que encubren, motivan o ejercen violencia directa.
El feminismo no es el cobijo que acepta las conductas violentas, aunque vengan de mujeres, y tampoco las romantiza, pero sí cuestiona el origen de la forma en la que nos vinculamos y por qué tomamos ciertas acciones o actitudes que son hirientes para otras.
Pareciera que gozamos de un libre albedrío que no está “tan influenciado” por el patriarcado, porque asociamos principalmente los estereotipos de género como los que impactan de forma visible en nuestras decisiones, pero eso es falso. El patriarcado desde la cosa más simple a la más compleja ha determinado la forma de vida de hombres y mujeres, con base a intereses diferentes que no necesariamente nos ponen a nosotras en el centro.
Al ser este un sistema que podemos referenciar como uno que funciona con engranajes, el patriarcado se conforma por engranes tales como la clasificación sexual, el capitalismo y el colonialismo-racismo. Así podemos entender que prácticamente todas las esferas de nuestra vida y en cualquier contexto, vivimos en un sistema que privilegia a los hombres desde el nacimiento, en lo económico y en la blanquitud.
Entonces, si el patriarcado es un sistema que permea de forma directa e indirecta a la sociedad en general y éste privilegia al hombre, las mujeres al estar en un segundo plano hemos aprendido a vivir con eso sin saberlo nombrar.
Desde nuestras abuelas sirviendo en el hogar a todas horas, teniendo hijos tras hijos sin elección, o perdonando infidelidades porque “así son lo hombres”, hasta la actualidad pensando que son normales los comentarios en la oficina asumiendo que una mujer obtuvo sus ascensos por acostarse con el jefe, o viendo con una normalidad agria que los hombres tengan grupos en redes sociales para compartir fotografías de mujeres sin su consentimiento porque así son los “onvres”.
No importa cuántos años pasen, el patriarcado muta y se adapta continuando vigente y sin parecer agresivo. Por eso si hoy en día tu mamá te dice que le sirvas de comer a tu hermano lo ves como algo fatal, pero no ves con la misma estupefacción que tu vecina trabaje y aún así asuma toda la responsabilidad de su hogar y la crianza aunque lo “haga por gusto porque es empoderada”, mientras su esposo solo acude al trabajo sabiendo que al llegar a casa habrá comida caliente.
Pero, ¿todo lo que las mujeres hacemos por gusto es realmente una elección aislada? ¿o es la consecuencia y condicionamiento de cómo hemos aprendido a vivir?
Este cuestionamiento es más complejo de lo que parece, porque involucra poner en retrospectiva nuestra identidad misma. Es más sencillo autoconvencernos de que el mundo es como es porque así debe ser, que sentir que todas nuestras decisiones han sido influenciadas por factores que no nos priorizan a nosotras.
Por eso, en cualquier estrato económico, geográfico o cultural, el mundo está regido bajo los intereses de los hombres; algunas veces más impositivo y otras más amigable, al punto de parecer que dejó de existir, aunque bajo ese contexto siga habiendo señales de que solo se adaptó.
Cuando hablamos de mujeres machistas, solemos referirnos a aquellas que violentan o que normalizan la violencia, y en ambos casos la influencia patriarcal es brutal.
¿Qué es más útil para el opresor que el oprimido conspirando a su favor?
En el caso de las mujeres que normalizan o minimizan la violencia, que encubren y se hacen de la vista gorda, podemos asociarlo bastante con una especie de actos de supervivencia. Cuando no se está dispuesta a cuestionar o no se tienen las herramientas para hacerlo, es menos doloroso y más sencillo asumir que esas situaciones “no son tan malas” con la finalidad de no perder cierto grado de comodidad o no activar violencia directa hacia ellas.
Por otro lado, las que de forma directa la ejercen, también actúan desde la validación masculina e intereses vinculados al patriarcado, que impiden ver a otras como aliadas, sino como enemigas.
En ambos casos, la violencia es ejercida o ignorada por mujeres, y aunque la raíz de esas acciones es machista, la oprimida no puede convertirse en opresor por más que lo intente porque sencillamente todo está estructurado para que el poder se mantenga del lado masculino.
Desde la teoría feminista, a esta resistencia de las mujeres mal llamadas “machistas” se le define como alienación, tan similar como llevar un pañuelo tapando los ojos que impiden ver lo que pasa a su alrededor.
Hasta este punto, seguro piensas que estoy exagerando, pero conforme pase el tiempo sé que cada palabra que has leído te hará sentido en cada ocasión que veas la raíz de las cosas que pasan a tu alrededor.
Todo esto, está fuertemente relacionado con el tema de la rivalidad femenina. Las mujeres alienadas, tienden a tener vínculos fallidos o “tóxicos” con otras, lo que impide que logremos tejer redes sólidas. Imagínate, si esta rivalidad no existiera, ¿el patriarcado sería tan fuerte como hasta ahora?
Todas tenemos una mujer en nuestra vida que es alienada aunque la queramos mucho, y en mi experiencia con mujeres que eran así y hoy en día son feministas o mínimamente se cuestionan su existencia te doy algunas recomendaciones.
- Nunca hables desde el sermón o la superioridad, sino desde el acompañamiento.
A nadie le gusta estar escuchando cómo debemos actuar cuando nos sentimos juzgadas, cámbialo por preguntas abiertas que siembren la duda en ella como “¿qué pasaría si…?” seguido de un genuino “¿por qué?”. Ejemplo: ¿cómo te sentirías si tu marido asumiera mayor responsabilidad con tus hijos que tú? ¿por qué?
2. No hables de conceptos que la “asusten”.
Nombrar palabras como “patriarcado”, “capitalismo”, “colonialismo” o cualquier otra que suene rimbombante puede generar resistencia para escuchar. Cámbialo por ejemplos de su vida diaria que reflejen los mismos conceptos, pero sin nombrarlos.
3. No trates de cambiarla.
El error más grande es presionarla a entender o cuestionarla para que justifique sus ideas, pero esto solo genera más renuencia al tema. Te aseguro que el hecho de que siembres la duda con cosas que la hagan reflexionar la ayudarán más de lo que imaginas.
4. Invítala a espacios de mujeres.
Según sus intereses, busca eventos, reuniones o espacios entre mujeres que hagan que pueda disfrutarlos, y por ende, mejorando su forma de conectar con otras.
Sé que hay mujeres que son alienadas y nocivas en nuestra vida, pero también es de sabias saber establecer límites y no forzar los procesos ajenos. Si consideras necesario tomar distancia por bienestar propio también es válido.
Estoy segura de que el mundo sería diferente si todas nos quitáramos esa venda de los ojos, pero mientras tanto, podemos acompañar, establecer límites y ser objetivas desde el conocimiento.
Como siempre te mando un abrazo y espero escribirnos pronto.




