Valeria Rocha.
Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete
Mateo 18:22
La idea del perdón aparece como sinónimo de evolución espiritual, madurez emocional y bienestar psicológico. Pero pocas veces cuestionamos de dónde viene esa exigencia y a quién realmente le sirve.
El discurso del perdón tiene raíces profundamente religiosas. En el cristianismo, el perdón es presentado como una virtud moral: “perdona setenta veces siete” (Mateo 18:22) y “ama a tus enemigos” (Lucas 6:27). En sus orígenes, la noción de perdón podía representar una práctica espiritual de liberación interior. Sin embargo, cuando la Iglesia institucionaliza estas enseñanzas, las transforma en un dispositivo de control moral y social, especialmente sobre las mujeres.
Durante siglos, la teología cristiana enseñó que el sufrimiento femenino era redentor. Una buena esposa es aquella que perdona, una buena madre es aquella que soporta y carga “la cruz que le tocó”, una buena hija es aquella que obedece y comprende a quienes la rodean, menos a sí misma.
La virtud femenina se midió en función de su capacidad para soportar, callar y perdonar, incluso frente a la violencia. Como señala Marylène Patou-Mathis (2021), la construcción histórica de la mujer como ser pasivo y conciliador no tiene sustento antropológico, sino ideológico. El patriarcado ha transformado esa ficción en un mandato moral, el cual implica amar, cuidar y por lo tanto, perdonar.
Durante diciembre, esta exigencia se intensifica. La cultura cristiana occidental convirtió las fiestas decembrinas en un ritual de reconciliación con el objetivo de “unir a la familia”, por el “espíritu navideño”, y sobre todo, para iniciar el año nuevo “sin rencores”.

Pero en realidad, esta idea reproduce el mismo orden simbólico que busca callar los conflictos, invisibilizar las violencias y mantener la armonía a costa del malestar de las mujeres. La exigencia del perdón en estas fechas no es inocente, ya que funciona como una estrategia emocional para mantener la paz social y familiar, mientras se evita confrontar las raíces de la desigualdad.
Así mismo, no debemos olvidar que la Iglesia ha sido una de las instituciones principales que ha reprimido, desacreditado y estigmatizado las emociones y las experiencias humanas que las conllevan, de esta forma, ha enseñado a las mujeres que el sufrimiento era redentor (“Dios te manda pruebas para fortalecerte”), que el enojo era pecado (“la ira es del demonio”) y el perdón era una virtud (“los hijos de Dios perdonan a sus enemigos”).
Así, el perdón, cumplió como herramienta de obediencia y silenciamiento, porque si la mujer perdonaba, “restauraba la paz del hogar”; si se negaba, era egoísta, ingrata o “falta de fe”. Con el tiempo, este mandato se capitalizó y se modernizó.
Ya no necesitamos iglesias para escucharlo, ahora aparece en frases motivacionales, en talleres de “sanación” y en discursos de autoayuda que repiten que “no perdonar te ata al pasado” o “perdonar es para liberarte tú misma”. Influencers, medios de comunicación, el coaching y otras pseudoterapias han adoptado esta narrativa para “invitar” a la gente a reinventarse, a construir una nueva versión de sí mismos; sin embargo, estos discursos aparentemente nuevos (y como ya lo revisamos, con raíces cristianas), excluyen por completo la realidad sociocultural, estructural y política del término.
Este giro psicológico ha convertido el perdón en una obligación emocional; muchas mujeres llegan a los espacios de psicoterapia o acompañamiento sintiendo que “tienen que perdonar” para poder sanar. Pero esta necesidad muchas veces no nace del deseo genuino, sino del mandato de ser “la mujer comprensiva, empática, madura y espiritual”. Desde la psicología con perspectiva feminista, este fenómeno puede entenderse como una forma internalizada de violencia simbólica, pues se ha convertido en una expectativa que nos exige reprimir el enojo y el dolor para volver a ser “agradables” y funcionales.
El patriarcado necesita que perdonemos, porque una mujer que no perdona se vuelve incómoda, impredecible y libre. Recordemos que la rabia nos protege de injusticias, por lo tanto, el fenómeno del perdón:
- Niega por completo la dimensión política del dolor y el enojo
- Individualiza la violencia
- Prioriza la armonía sobre la justicia
Como diría Luisa Muraro (2010);
la ética de las mujeres parte del reconocimiento de la propia palabra y de la verdad encarnada en la experiencia. Desde ahí, perdonar (si ocurre) no puede ser una exigencia, sino una decisión consciente y libre, nacida del deseo, no del deber.
El perdón impuesto niega la experiencia singular de las mujeres, su historia, su cuerpo y su sentir. Cada una vive la herida de un modo distinto; hay quienes pueden o quieren perdonar, y hay quienes no.
Ambas experiencias son legítimas, porque no existe una única forma “correcta” de sanar. En este sentido, el problema no es el perdón en sí, sino el mandato de hacerlo y la colonización del sentir femenino bajo un ideal moral masculino. Antes de que lo divino tuviera nombre de hombre, muchas culturas antiguas veneraban los ciclos, la tierra, la fertilidad y los cuidados; no era autoridad ni castigo, al contrario, nacía del cuerpo, del vínculo y de la vida compartida, no del sacrificio ni de la culpa.
Pero con la irrupción del monoteísmo y la religión patriarcal, lo divino se masculiniza y se distancia del mundo. Dios se convierte en figura de autoridad, juez y padre. El cuerpo (en especial el cuerpo de las mujeres) pasa de ser símbolo de poder y creación, a fuente de tentación y culpa. Ahí comienza el giro, la espiritualidad se transforma en moralidad, y la libertad interior en obediencia.

Como explica Merlin Stone (1976), cuando lo divino dejó de tener rostro de mujer, la
espiritualidad se volvió punitiva. Las mujeres fueron desplazadas del centro de lo sagrado y reubicadas en los márgenes del pecado. El paso de una espiritualidad encarnada a una religión jerárquica no sólo transformó la manera en que nos relacionamos con lo divino, sino también la forma en que las mujeres nos relacionamos con nosotras mismas, con el cuerpo, con el mundo, con el deseo y el dolor.
No perdonar no significa vivir en el rencor o quedarnos en la experiencia traumática, sino reivindicar el derecho a sentir. A sostener la rabia, la tristeza y la herida sin tener que transformarlas en comprensión, en lecciones de vida o en una sensación falsa de paz.
En términos psicológicos, esto representa un ejercicio de validación emocional, y en términos políticos, una desobediencia ante el mandato patriarcal del silencio. En los espacios terapéuticos, reconocer esto implica acompañar a las mujeres no hacia el perdón, sino hacia la autonomía emocional y el discernimiento interno. El trabajo no es “soltar” lo vivido, sino darle sentido, integrar el dolor como parte de la historia propia sin minimizarlo.
El perdón, en un sentido espiritual, niega la rabia que nos protege de las injusticias, por lo tanto, desde una ética feminista, no exigimos que las mujeres perdonen. Diciembre nos invita a pensar el perdón no como virtud, sino como una opción. A recordar que no estamos obligadas a reconciliarnos con quien nos hirió o violentó, ni con un sistema que nos exige docilidad. Podemos cerrar el año desde la conciencia, desde el autocuidado, desde la rabia que protege y la ternura que repara.
No perdonar también puede ser un acto de amor propio. Y quizás, esa sea la forma más honesta de empezar el año, sin borrar lo vivido, sin exigirnos calma y sin confundir paz con silencio.
¿Es posible perdonar y soltar en un mundo que violenta constantemente a las mujeres?
Lucas 6:27
Pero a ustedes que me escuchan, les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a quienes los odian; bendigan a los que los maldicen y oren por los que los calumnian.
Referencias
-La Santa Biblia. (2015). Evangelios según San Lucas (6:27–28) y San Mateo (18:22). En La Biblia en línea. Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Recuperado de https://www.churchofjesuschrist.org/study/scriptures/nt/luke/6?lang=spa
-Muraro, Luisa. (2010). La verdad de las mujeres. DUODA. Estudis de la Diferència Sexual, (38). Universitat de Barcelona. https://www.raco.cat/index.php/DUODA/article/view/201938/269644
-Pathou-Mathis, Marylène. (2021). El hombre prehistórico es también una mujer. Penguin Random House Grupo Editorial, S.A de C.V.
-Stone, Merlin. (2021). Cuando Dios era mujer: Exploración histórica del antiguo culto a la Gran Diosa y la supresión de los ritos. Barcelona: Editorial Kairós. (Obra original publicada en 1976)




